En un caluroso atardecer en una sede comunal de Cerro Navia, entre sillas añosas y el eco de un acta que se lee con desgano, ocurre una transformación silenciosa: No es el debate por la pavimentación o las alarmas comunitarias lo que moviliza la energía de la sala, sino que el cálculo de la candidatura futura de Alfonso, un dirigente que alguna vez fue el puente genuino entre el vecino y la autoridad, pero que hoy comienza a hablar en código de campaña. El barrio, de pronto, dejó de ser un espacio de convivencia para convertirse en un simple padrón electoral.
El escenario descrito corresponde a la realidad de infinidad de comunas a lo largo de Chile, y en todas existe un mínimo común denominador: un socio que no es crítico, si no que es «conflictivo». El primero busca mejorar la gestión; el segundo, destruirla para figurar, desestabilizando a la Directiva, manipulando las asambleas y llevando la contraria sistemáticamente, pero no por convicción, sino que por estrategia de visibilidad. Esta conducta no solo agota al dirigente voluntario, sino que tiene consecuencias graves para el patrimonio y la convivencia del barrio.
Las tácticas del manipulador
Para frenar estas conductas, primero hay que saber reconocerlas en plena asamblea:
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La interrupción sistemática: No busca proponer, sino quebrar el hilo de la reunión para que la directiva pierda el control y parezca «incapaz».
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La desinformación dirigida: Siembra dudas sobre quienes llevan las finanzas, sobre el proceso de emisión de certificados de residencia o los proyectos que se busca realizar, sin ningún tipo de pruebas, usando el «rumor» como herramienta para minar la confianza entre los vecinos.
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El mesianismo electoral: Se presenta como el «único salvador» ante problemas que él magnifica directamente o a través de terceros. Suelen no dar la cara y, si lo hacen, es siempre desde atrás de las asambleas, desde donde se hacen fuertes apoyados por quienes los siguen. Todo ello mientras preparan el terreno para una futura candidatura a concejal o consejero.
Muchas veces, -como en el caso de Alfonso- arrastran varias elecciones fallidas a cuestas.
Consecuencias: El costo de la fractura
Cuando un socio conflictivo logra su objetivo de dividir a la asamblea, el barrio entero pierde:
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Parálisis de proyectos: Los municipios y fondos concursables huyen de las organizaciones en conflicto. Una Junta de Vecinos dividida no gana proyectos, de ningún tipo, mientras que las organizaciones más pequeñas -condominios, pasajes y otras agrupaciones que están bajo su alero- sí lo hacen, socavando la confianza en el liderazgo de la Directiva titular de la Junta de Vecinos.
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Fuga de buenos dirigentes: El costo emocional de enfrentar ataques personales gratuitos hace que muchos líderes valiosos renuncien, cansados de tener que defenderse y de aguantar malos tratos, dejando la Junta de Vecinos en manos de quienes solo buscan el poder por el poder, para su propio beneficio.
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Desafección vecinal: El vecino común, al ver que la asamblea es un campo de batalla política, deja de asistir. La organización pierde su representatividad y se vuelve irrelevante ante la autoridad.
El blindaje legal: ¿Qué dice la Ley 19.418?
La Ley y los estatutos entregan herramientas para proteger la institución de estas malas prácticas:
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El debido proceso: Si un socio comete faltas graves a la ética o entorpece el funcionamiento de la organización, la asamblea (bajo propuesta de la Directiva o comisión de ética, si es que existe) puede aplicar sanciones que van desde la amonestación hasta la expulsión, aplicando figuras como el voto de censura.
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Reglamento de sala: La directiva tiene la facultad de establecer reglas de participación (tiempos de habla, respeto al orden del día) para evitar que una sola persona secuestre la palabra e indisponga a la asamblea.
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Tribunal Electoral Regional (TER): Si la manipulación llega a niveles de irregularidad en las elecciones, los socios afectados pueden recurrir al TER para limpiar los procesos y depurar las malas prácticas.
La reflexión de SOY DIRIGENTE
La política es inherente a la vida en comunidad, pero la partidización de las dirigencias es su mayor veneno y es lo que muchos «Alfonsos» intentan hacer a lo largo y ancho del país.
La verdadera fuerza del barrio reside en su autonomía y esta debe ser defendida por los dirigentes y los socios, siempre. Cuando un líder social se vende al mejor postor electoral o sucumbe a su propia hambre por poder, no solo traiciona su cargo y a sus vecinos, sino que hipoteca el futuro y la dignidad de su territorio.



