Exclusión digital bancaria: El desafío de proteger a adultos mayores

Entre aplicaciones móviles y sucursales cerradas, las personas mayores enfrentan una segregación silenciosa. La digitalización bancaria, lejos de ser inclusiva, está rompiendo el último vínculo de autonomía en nuestros barrios.

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Don Luis observa su teléfono con la sospecha de quien sostiene un artefacto explosivo. Está de pie frente a una sucursal cerrada en el centro de San Bernardo, rodeado de carteles que invitan a usar una aplicación que su vista cansada no alcanza a descifrar. Como él, miles de adultos mayores en Chile han quedado atrapados en una transición tecnológica que no los consultó. Lo que para la banca es «eficiencia operativa», para el territorio es la amputación de un servicio básico que antes se resolvía con un apretón de manos y un comprobante de papel.

La banca sin rostro y el retiro del Estado

La transformación del sistema financiero ha seguido una lógica de mercado implacable: la reducción de costos mediante el cierre de cajas presenciales y la migración forzada al entorno digital. Sin embargo, en la arquitectura de esta modernidad, se ignoró la brecha de alfabetización digital que, según datos de la última encuesta nacional, afecta a casi la mitad de la población sobre los 65 años.

El fenómeno no es solo técnico, es político. Cuando un banco cierra en una zona periférica o rural, el Estado delega la responsabilidad de la atención en el dirigente social, quien termina convertido en el tutor digital improvisado del barrio. La normativa actual no exige a las instituciones financieras un estándar de «accesibilidad territorial», permitiendo que la exclusión se convierta en la norma bajo el pretexto del progreso ¿Es sostenible una economía que ahorra procesos a costa de la dignidad de sus ciudadanos más vulnerables?

El barrio como red de resistencia

Ante el retiro de la banca física, la gobernanza territorial ha tenido que reaccionar. El dirigente social hoy no solo gestiona pavimentación; hoy debe mediar ante fraudes electrónicos y bloqueos de tarjetas que los vecinos no saben revertir. El barrio se convierte en un espacio de resistencia donde la sede social reemplaza a la oficina bancaria, pero sin los recursos ni la seguridad necesaria. La autonomía de las comunidades se ve amenazada cuando el acceso al propio dinero depende de la buena voluntad de un tercero.

La verdadera inclusión no vendrá de un tutorial en YouTube, sino de un pacto que obligue a las instituciones a mantener canales humanos de atención. No podemos permitir que la tecnología sea el peaje que segregue a quienes construyeron nuestros hogares.

La reflexión de SOY DIRIGENTE

La digitalización debe ser una herramienta de libertad, no una barrera de exclusión. Un barrio que deja atrás a sus mayores en la fila del progreso es un barrio que pierde su memoria y su cohesión; la eficiencia nunca puede valer más que el respeto.