Las Torpederas: desalojar no es gobernar el espacio público

En Las Torpederas, el desalojo removió rucos y reinstaló una pregunta clave: quién controla el espacio público y bajo qué reglas se sostiene ese orden.

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«Yo dejé de venir en la tarde. Después de las seis esto ya no era playa», dice Rosa, vecina de Playa Ancha, mientras observa cómo retiran los últimos restos de madera frente al mar. El ruido no fue el de las olas. Fue el de estructuras cayendo. Techos improvisados, muros precarios, años de ocupación desarmándose en horas. El operativo —coordinado entre Armada, Delegación Presidencial, Carabineros y municipio— llegó después de un ciclo largo de denuncias por robos, peleas, consumo de drogas y uso irregular del borde costero.

El lugar cambia rápido. La lógica, no tanto.

Lo que ocurrió en Las Torpederas no es excepcional. Es reconocible. Cambia el paisaje, pero no el patrón. En el Barrio Meiggs, las calles se despejan con operativos que duran horas; luego el comercio vuelve. En el plan de Valparaíso, el orden se administra con cupos que definen quién puede estar y quién no. En persas regionales, la ocupación del espacio se negocia día a día entre fiscalización intermitente y necesidad económica.

Tres escenarios distintos, una misma pregunta: ¿cómo se gobierna el espacio público cuando la demanda por ocuparlo supera la capacidad de control?

En Las Torpederas, la respuesta llegó tarde. El capitán de puerto de Valparaíso, comandante Jacob Silva Pradenas, señaló a BBCL que la comunidad venía alertando «desde hace varios años» que la zona era un foco de delincuencia y drogadicción.

Cuando el Estado interviene, el territorio ya cambió de manos. El espacio dejó de ser común y empezó a operar bajo reglas informales. El desalojo, en ese contexto, no ordena: recupera.

Pero recuperar no es resolver.

El problema no se va, se mueve

Antes de retirarse, algunos ocupantes robaron en locales cercanos. Luego se fueron. Y el problema se movió. Ese es el punto crítico: el conflicto no desaparece, se desplaza. Se interviene un lugar, se limpia, se recompone en otro. El mapa cambia, la dinámica persiste.

Ahí aparece la tensión de fondo. El municipio ejecuta. La Delegación coordina. Las policías intervienen. Pero el fenómeno es más amplio que cualquier operativo. Lo que en la playa aparece como foco delictual, en Meiggs es economía informal masiva; en los persas, subsistencia organizada.

Distintas expresiones de un mismo vacío: falta de gobernanza sostenida del espacio público.

Sostener el orden es medular

Las autoridades hablan de recuperar el sector. Pero el desafío real es otro: sostenerlo.

Evitar la reocupación, mantener presencia, definir usos claros. Sin esa fase, el ciclo se repite.

Y el territorio vuelve a ceder.

La reflexión de SOY DIRIGENTE

Esto no trata de un desalojo. Trata de control territorial. Cuando el espacio público no se gestiona activamente, alguien más lo hace. No por excepción, sino por regla.

El Estado llega cuando el conflicto se vuelve visible. El barrio lo vive mucho antes. Por eso, la discusión no es solo seguridad. Es poder: quién define el uso del espacio, quién lo sostiene en el tiempo y quién tiene capacidad real de hacerlo cumplir.

Desalojar es un evento.

Gobernar el espacio público es una disputa permanente.

Mantenerlo es poder.