La ley sin calle: Seguridad municipal en zona gris

La nueva normativa promete fortalecer la seguridad local, pero su implementación incompleta está trasladando la incertidumbre desde el Estado directamente al barrio.

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A las diez de la noche, un patrullero municipal recorre lentamente el Parque Cívico Belén de Villa Alemana. Dos inspectores observan desde el vehículo, pero no intervienen: «No sabemos hasta dónde podemos llegar», comenta uno. A metros, un grupo discute. Nadie llama a Carabineros. Nadie sabe bien quién debe actuar.

Una ley que avanza más rápido que su implementación

La nueva legislación de seguridad municipal (Ley N° 21.802) busca fortalecer el rol preventivo de los municipios, formalizando figuras como el director de seguridad pública y regulando el trabajo de inspectores. Pero en la práctica, su implementación aún presenta vacíos. Desde Villa Alemana, Claudio Mendiboure, director de Seguridad Pública comunal, advirtió a Radio Digital FM que existe incertidumbre sobre cómo aplicar la normativa, señalando que «aún no está en funcionamiento» y que persisten dudas operativas en los municipios.

El problema no es menor. La ley —que entra en vigor en agosto próximo— establece que los municipios cumplen un rol complementario, subordinado a las policías, sin reemplazarlas. Pero en el territorio, esa distinción no siempre es clara. Inspectores que patrullan, vecinos que exigen intervención inmediata, situaciones que escalan en segundos.

La ley termina instalando una zona gris: más atribuciones en el papel, pero sin protocolos plenamente operativos en la práctica ¿Qué ocurre cuando la norma llega antes que su capacidad real de ejecución?

El barrio como espacio donde se define el límite

Esa ambigüedad no queda en la institucionalidad. Baja directamente al barrio. Para los vecinos, la expectativa es concreta: que alguien responda. No importa si es municipal o policial. Pero para la dirigencia, la diferencia sí importa, porque define hasta dónde se puede exigir y a quién.

Las juntas de vecinos comienzan a enfrentar un nuevo tipo de conflicto: no solo la inseguridad, sino la incertidumbre sobre quién debe gestionarla. Se multiplican las preguntas en reuniones: ¿Pueden fiscalizar? ¿Pueden retener? ¿Pueden intervenir?

El dirigente queda en medio de esa tensión. Si exige acción municipal, puede estar pidiendo algo fuera de marco. Si deriva todo a Carabineros, aparece como pasivo. La seguridad deja de ser solo un problema operativo y se convierte en un problema de gobernanza local.

Algunos optan por articular redes con autoridades, otros simplemente administran expectativas. Pero mientras la implementación no se consolide, el margen de acción seguirá siendo difuso. Y en ese vacío, el barrio no espera.

La sensación de seguridad no se construye en la ley, se juega en la calle.

Lo que pensamos en SOY DIRIGENTE

Cuando una política pública se implementa sin claridad operativa, no queda en pausa: se desplaza. Y ese desplazamiento recae en el territorio, donde las comunidades terminan interpretando —y muchas veces sobrecargando— roles que no les corresponden. La seguridad municipal no solo requiere atribuciones, requiere límites claros.